La elección de Jair Bolsonaro cambia el país, aunque sea imposible prever exactamente cómo. 

Finalmente, la mayor economía de América Latina eligió a su nuevo presidente, el ya internacionalmente famoso, Jair Bolsonaro, quien tomará posesión de su nuevo cargo el 1 de enero de 2019. Lo que comience a partir de este día será un nuevo momento en la historia de Brasil. Cómo será esta historia, aún está por definirse.

Jair Bolsonaro

Jair Bolsonaro

Bolsonaro es un ex capitán del Ejército que se ha dedicado a la vida política desde los años 80, siempre como parlamentario. A lo largo de esta actuación política, se ha visto envuelto casi siempre en polémicas.

Aunque lo que interesaría a la industria de la construcción –como a los demás sectores económicos– son sus visiones sobre economía, la verdad es que Bolsonaro poco se ha referido al tema en toda su vida política. Según propia confesión señaló que no es experto en el tema, por lo mismo ha afirmado en diferentes ocasiones que el tema económico de su gobierno sería visto exclusivamente por Paulo Guedes, su economista de confianza.

De manera que, sin ser posible afirmar con razonable grado de certidumbre hacia dónde se dirigirá la gestión de Bolsonaro en términos económicos, sí es posible prever un conjunto de nuevas realidades. Lo más cierto es que su gobierno combatirá el crónico problema de seguridad, así como también tendrá una gestión más conservadora en lo que son los temas culturales y costumbres sociales.

En lo que se refiere al problema económico, hasta el momento las previsiones son algo vagas. Sea dicha la verdad, el proceso electoral poco contribuyó para que hubiera un debate económico en la proporción de lo que se esperaba.. También hay que recordar que el entonces candidato sufrió un grave atentado a su integridad física (una puñalada), momento desde el cual transfirió su campaña al ambiente de internet, en donde el tema de la economía nunca se trató exhaustivamente.

Es así como lo que espera Brasil a partir de 2019 es una agenda económica basada en declaraciones del futuro ministro de hacienda Paulo Guedes, quién se califica como un ultraliberal. Promete vender todo lo que sea posible del patrimonio nacional, y con estos ingresos resolver el problema de la billonaria deuda pública brasileña.

Apuesta

Se visualiza que un plan como el de Paulo Guedes encontrará ciertos obstáculos relativamente obvios.

La estructura administrativa de Brasil es históricamente muy burocrática, de manera que un calendario de privatizaciones no tendría cómo salir tan rápidamente como podría esperarse. El sistema público de pensiones es considerado por casi todos como el centro del problema fiscal del país, y reformarlo siempre ha sido una tarea extremadamente difícil. Las reservas internacionales de Brasil, que suman casi US$300.000 millones, aparecen como opción para aliviar la deuda pública interna, pero usarlas significa dejar al país más vulnerable a choques externos como, por ejemplo, una baja en los precios de commodities tradicionalmente exportados por Brasil.

Además, proponer reformas estructurales simultáneamente a un anunciado programa de privatización (sin olvidar las promesas de reforma penal para dar respuesta a la violencia urbana) puede generar bloqueos políticos entre los parlamentarios y llevar al gobierno a tener que hacer lo que prometió no hacer, agradar a los políticos con cargos y palabras.

Un claro ejemplo de lo anterior podría suceder con el petróleo, la principal industria del país. El modelo de subastas con lotes compartidos entre la estatal Petrobras y las petroleras concesionarias deberá cambiar, pues es una herencia del gobierno anterior. En su lugar, Bolsonaro promete volver al modelo de concesión total (sin participación de la estatal Petrobras).

OBRA

La construcción brasileña se recupera lentamente, pero sigue lejos de una situación realmente positiva.

Pero para modificar la forma de operar hay que votar una nueva ley, al mismo tiempo que discutir qué hacer con la política de precios de combustible de Petrobras (la que en junio pasado llevó al país a una parálisis por una huelga de camioneros). A esto se suman los planes de privatización de la estatal petrolera. La cantidad de cambios estructurales suena exagerada para un plazo que se exige corto.

Todo lo anterior en un contexto ya anunciado de reducción del tamaño del Estado y de la promesa –repetida muchas veces por Bolsonaro durante la campaña– de no designar a nadie en cargos públicos producto de alianzas políticas. Esto podría traerle dificultades aún más grandes con el Congreso.

El contexto que se avecina es de un gobierno con fuerte legitimidad popular (Bolsonaro es muy querido por sus bases) pero con algunas fragilidades políticas importantes. Si la agenda de dicho gobierno es atraer inversiones externas para sanear el problema fiscal, tendrá que ser muy ágil en proponer modelos de inversión aceptables y atractivos. Lo que no debiera ser un problema si no se tratara de Brasil, un país atado por leyes antiguas que muchas veces se sobreponen y se conflictúan.

Pero ahora la suerte está echada. Paulo Guedes no cambiará el rumbo de su pensamiento, y muy posiblemente Jair Bolsonaro estará enfocado en la parte de la administración pública que entiende mejor.

Ironía

Se llama jaboticaba un fruto nativo de la tierra brasileña que, según se dice, sólo existe en Brasil. La palabra pasó a utilizarse en el país para hablar de algo único, sin paralelo o similar. En lo que toca el nuevo gobierno del país, un nuevo caso de jaboticaba puede venir a suceder en los próximos años.

No es desconocido para nadie que hay capitales en todo el mundo en busca de buenas oportunidades de inversión. Por una parte, hay países donde las tasas de interés son muy bajas y las necesidades de inversión son menores, y por otra parte existen lugares donde el riesgo es demasiado alto, aunque con mejores retornos. Esto suele llevar a una espera constante.

Brasil promete volver al mercado internacional con una propuesta de apertura comercial, pero que en muchos de sus puntos no será sencillo hacerla efectiva, como en el petróleo. Puede pasar que, justo por ello, la atracción de inversiones internacionales suceda específicamente en aquellos sectores en que los activos son tangibles, el aprovechamiento comercial sea por tarifas al consumidor, y en que baste con respetar los contratos de largo plazo para que todo salga bien. En otras palabras: la infraestructura.

Paulo Guedes y Bolsonaro prometen abrir Brasil a la inversión en infraestructura a través de APPs y concesiones de largo plazo. Se habla de un programa de inversiones por estos métodos que alcanzaría cerca de US$48.000 millones en el primer año de gobierno. Pero no se debe ignorar que ciertos sectores son muy dependientes de factores no económicos, como son precisamente el petróleo y gas, electricidad o puertos.

Así, el nuevo gobierno puede verse presionado por la realidad a apurar los proyectos de carreteras, vías férreas, concesiones aeroportuarias, vialidad urbana, vivienda social, saneamiento, dragado de ríos y otros proyectos de porte similar.

Sería de hecho una típica jaboticaba brasileña que, en un contexto de nuevo gobierno donde las promesas puedan sonar algo desproporcionadas para el estado actual del país, fuera justo la infraestructura más intensiva en construcción pesada la que salve la situación.

No es más que una esperanza, pero con algo hay que soñar.

Promesa de buena relación con el sector privado

RAIL

El futuro ministro Lorenzoni promete puertas abiertas el empresariado.

En 31 de octubre, pocos días después que Jair Bolsonaro fuera anunciado como futuro presidente, representantes de varias asociaciones empresariales se encontraron con Onyx Lorenzoni, futuro ministro jefe de la Casa Civil (equivalente al ministro del Interior, en algunos países), para presentar sus visiones y solicitudes.

Lorenzoni afirmó a los empresarios que el nuevo gobierno quiere mantener excelentes relaciones con el sector privado. “Para sectores de la economía como estos, que son fundamentales por las extensas cadenas económicas que movilizan y por el volumen de brasileños que emplean, ustedes sepan que serán recibidos a cualquier hora, sin necesidad de agendarse”, dijo el futuro ministro.

Presente en el encuentro estaba el presidente de la Cámara Brasileña de la Industria de la Construcción (CBIC), José Carlos Martins, quien llevó una información importante. De acuerdo con el representante del sector, un estudio de la CBIC muestra que, de 3.000 obras públicas todavía paralizadas en Brasil, 671 pueden volver al trabajo con tan sólo una nueva firma de contrato. “Esto supondría más empleo desde el día 1 de enero”, afirmó el dirigente.

Además de CBIC, el encuentro también contó con la participación de entidades como el Sindicato Nacional de la Construcción Pesada, la Asociación Brasileña de la Industria de Máquinas y Equipos, representantes de los sectores de química, textil, automotrices y comercio exterior.

 

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